LA ESCRITURA ACADÉMICA

domingo, 27 de febrero de 2011







Comunidad

Una comunidad es un grupo o conjunto de individuos, seres humanos, o de animales que comparten elementos en común, tales como un idioma, costumbres, valores, tareas, visión del mundo, edad, ubicación geográfica (un barrio por ejemplo), estatus social, roles. Por lo general en una comunidad se crea una identidad común, mediante la diferenciación de otros grupos o comunidades (generalmente por signos o acciones), que es compartida y elaborada entre sus integrantes y socializada. Generalmente, una comunidad se une bajo la necesidad o meta de un objetivo en común, como puede ser el bien común; si bien esto no es algo necesario, basta una identidad común para conformar una comunidad sin la necesidad de un objetivo específico.
En términos de administración o de división territorial, una comunidad puede considerarse una entidad singular de población, una mancomunidad, un suburbio, etc.
En términos de trabajo, una comunidad es una empresa.
La participación y cooperación de sus miembros posibilitan la elección consciente de proyectos de transformación dirigidos a la solución gradual y progresiva de las contradicciones potenciadoras de su autodesarrollo.
http://es.wikipedia.org/wiki/Comunidad




Academia

El término Academia (del latín academia, y éste a su vez del griego akademeia) en el sentido más estricto se refiere a la Academia de Atenas fundada, en la Grecia antigua, por Platón. Debe su nombre a un héroe legendario de la Mitología griega, Academo.
Estaba ubicada a las afueras de Atenas, al nordeste, en unos terrenos adquiridos por Platón alrededor del 384 a. C. En dicho lugar se encontraba un olivar, un parque y un gimnasio. La instrucción allí impartida incluía matemáticas, dialéctica y ciencias naturales. La Academia platónica existió hasta el año 529 cuando el emperador bizantino Justiniano I ordenó su clausura junto con las otras escuelas griegas, por ser consideradas paganas. Actualmente, los restos de las instalaciones de la Academia forman un conjunto arqueológico situado en el barrio de Kolonos, a media hora del centro de Atenas.
La palabra academia designaba en su origen un cuerpo de profesores, una escuela donde se profesaba un ramo de enseñanza, especialmente de lo que se llama facultad mayor. Por eso al fundar las universidades, reuniendo todas o gran parte de las facultades, se las denominó academias, nombre que aún se conserva en latín. Considerados de esta manera, las academias o sociedades científicas fueron desconocidas de los antiguos. En tiempo de Augusto César, se leían composiciones poéticas por los propios autores en asambleas o juntas privadas donde solo eran admitidos hombres doctos capaces de censurarlas. El mismo Augusto solía recitar sus composiciones en tales juntas y oía cortés y pacientemente no solo a los que en ellas recitaban poesías sino también oraciones y diálogos. Estos y otros testimonios que nos conserva la historia acreditan la reunión de los hombres entendidos con objeto de cultivar las letras y las ciencias en tiempo de los romanos. Carlomagno, a solicitud de su maestro Alcuino promovió una reunión de amigos del mismo monarca los cuales cultivaban la grafhálica, la historia, la retórica, y las matemáticas. En el siglo siguiente fundó Alfredo en Oxford otra sociedad o academia que como la de los árabes en Granada y Córdoba, era más bien una escuela, que sirvió de base para la universidad erigida en el mismo punto. Pero estas sociedades no pueden considerarse como academias en el sentido común de la palabra, según las noticias que han llegado hasta nosotros.[1]
En el Renacimiento se fundó la academia platónica florentina (1440, Cosme I de Médici, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, etc.). A partir de ella se difundió la idea de academia como institución cultural donde, fuera del ámbito de la universidad medieval, que había quedado anquilosada en la escolástica, se posibilitaba el contacto e intercambio de ideas entre la multiplicidad de disciplinas intelectuales que englobaba el nuevo concepto de humanista (filólogos, poetas, artistas, científicos, condiciones que muchas veces coincidían en la misma persona). Fueron esenciales para el inicio de la modernidad que llevó a la revolución científica del siglo XVII: la Academia Linceana en Roma (Federico Cesi, 1601-1630), la Accademia del Cimento en Florencia (Evangelista Torricelli, Giovanni Borelli, 1657-1667 -cimento significa "experimento", y su lema era Probando e reprobando), la Royal Society inglesa (1660), la Academia de las Ciencias francesa en París (1666) (estas dos últimas representaban dos modelos de organización alternativos: mientras que la inglesa era un club privado cuyos miembros pagaban cuotas, la francesa era una institución pública a sueldo del Estado); y la Academia de la Arcadia (1690) en Roma. La actividad de Leibniz promovió la creación de academias científicas en Berlín, San Petersburgo, Dresde y Viena.[2]
En la España de los Siglos de Oro florecieron numerosas academias literarias, y otras científicas, como la Academia de Matemáticas de Madrid o Academia Real Matemática (1582) y la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla (1693)[3] y artísticas, como la Academia de San Lucas (1603-1626).[4] Hasta tal punto la fundación de academias llegó a difundirse, que Miguel de Cervantes se burla de ello con los ficticios académicos de Argamasilla que aparecen en El Quijote.
A partir de la Edad Contemporánea, el término academia, se usa, en términos genéricos, como sinónimo de mundo intelectual, sobre todo para referirse al universitario (que ha vuelto a ocupar un lugar central en la ciencia y la cultura). En términos específicos, designa a las sociedades científicas, literarias o artísticas establecidas con patrocinio privado o público. Su rol como institución es el fomento de una actividad cultural (literatura, lengua,música, danza) o científica (promoción de una ciencia o alguna especialidad determinada). En algunos países, se da el nombre de academia a instituciones educativas de muy distinto nivel (desde la enseñanza secundaria hasta diversas enseñanzas técnicas, incluyendo las academias militares). El término académico aplicado a personas, en cambio, suele reservarse para los miembros de instituciones de élite (en Francia, la Academia Francesa, en España, las Reales Academias, en Inglaterra la Royal Academy y la British Academy, en la antigua URSS la Academia de las Ciencias de la Unión Soviética, etc.).

http://es.wikipedia.org/wiki/Academia



TEXTO ACADÉMICO


Observacionalmente, y desde un punto de vista muy amplio, podemos llamar texto académico (TA, de aquí en adelante, para abreviar) a cualquiera de las producciones orales, escritas, audiovisuales, etc. que tienen lugar en el marco de las actividades científicas y universitarias, que responden típicamente a la intención básica de producir o transmitir conocimientos sistemáticos de alcance social y cuyos destinatarios son los miembros de las distintas comunidades científicas y universitarias a nivel local, nacional o transnacional. TA son, por ejemplo, un artículo de una revista especializada en alguna disciplina, una clase magistral de apertura de un curso universitario, un trabajo de grado o de ascenso, una ponencia en unas jornadas de investigación, un registro documental en video acerca de un hecho bajo estudio, etc. No serían, en cambio, textos académi­cos cosas como las películas de las salas de cine o TV, las obras literarias, los documentos religiosos, las alocuciones políticas, las comunicaciones cotidianas, etc. En síntesis, si presuponemos una defini­ción ordinaria de lo "académico" como un ámbito particular en que se desarrollan actividades de producción y transmi­sión del conocimiento institucionalizado, entonces serán textos académicos todos aquellos produc­tos comuni­cativos (físicamente perceptibles o "leíbles") que se generan en ese ámbito. Las universidades, los centros de investigación y, más en general, las organizaciones vinculadas al conocimiento sistemático-socializado constituyen las "academias", es decir, las entidades donde se genera ese tipo de textos. Es por eso que el TA tiene un carácter eminentemente institucional y corresponde a un esquema comunicativo particularmente diferen­ciado de los esquemas individuales, domésticos o cotidianos, en el sentido de que pertenece al género de los comportamientos formales y altamente regulados desde el punto de vista social: es un hecho eminentemente transindividual o supraindividual.
(...)
En general, y como se dijo al comienzo de este módulo, los TA se caracterizan por ser los productos lingüísticos típicos de un cierto contexto sociocultural conocido como Academia (universidades, centros de investigación, asociaciones científicas, grupos de desarrollo intelec­tual, etc.). La macroacción central de las academias consiste en producir, contrastar, aplicar, almacenar y difundir conocimientos sistemático-socializados, los mismos que constitu­yen el patrimonio de una sociedad y, por cierto, los mismos de cuyo diseño y transmi­sión se encarga el aparato educativo (escolarización, profesionalización, actualiza­ción, reciclaje, etc.). Dado que esa macroacción es, básicamente, de carácter lingüístico, podemos decir entonces que su producto tangible son los textos académicos.

http://padron.entretemas.com/TextoAcademico.htm


ESCRIBIR EN LA UNIVERSIDAD

Salvar la brecha: el estudiante y los estudios universitarios.
En la mayoría de los casos, escribir para la universidad implica salvar una suerte de brecha. Por un lado, está el estudiante con su bagaje de conocimientos, su sentido de identidad y su conceptuación del mundo y, por el otro, el tema sobre el cual ha de escribir, basado en disciplinas académicas. Es posible que todo ello se parezca a un país extranjero, alejado, del ámbito que le es familiar. Ciertamente, el nuevo enfoque le proporcionará formas de ver y comprender inéditos e interesantes, pero también lo enfrentará con algunos problemas: como hablar, escribir y comportarse. Lo mismo ocurre cuando una persona participa en una actividad en la que el resto de los miembros ya han estado trabajando juntos. En tal caso tendrá que ingeniárselas para averiguar de qué hablan, pues parecen compartir conceptos tácitos y utilizan un lenguaje que le resulta ajeno y que le impide tomar parte en la conversación. Si lo hace puede que cuando diga no concuerde con lo que han dicho los demás, pues ignora si ya discutieron el tema. O quizá no encuentre las palabras justas y tema que lo reciban asombrados con el silencio condenatorio, o que lo consideren un tonto. Sin embargo, luego de escuchar durante un tiempo y una vez que comience a participar, podrá adaptarse a lo que acontece y aportar sus propias opiniones. Al principio se sentirá incómodo, pero una vez que deje de lado esa sensación las cosas se desenvolverán más fácilmente. Cuanto más participe, tanto más salvará la distancia entre lo que ya sabe y un modo de pensar y hablar diferentes. Lo mismo sucede con la redacción universitaria.
En la educación superior, las distintas formas de pensar comprender el mundo se expresan a través de las diversas disciplinas académicas, o sea las amplias áreas que constituyen la base de todo estudio universitario. Las disciplinas –por ejemplo, la física, la historia, la psicología− han sido, para ciertos grupos, la manera tradicional de dar sentido y “representar” el mundo; esto es, construir modos específicos de referirse a aspectos del mundo observados e investigados por ellas. El estudiante oirá con frecuencia de las “comunidades académicas”, también llamadas “tribus académicas” para indicar hasta qué punto tienen costumbres distintas y exigencias territoriales. A veces no se les dice a los estudiantes cuáles son las convenciones y criterios utilizados para representar o considerar el mundo de las diversas disciplinas. Los académicos están tan inmersos en su tema que a menudo olvidan explicar que su asignatura no es sino un método especial de construir el conocimiento del mundo. En consecuencia, es posible que deba esforzarse por averiguar qué decir y cómo hacerlo toda vez que redacte un trabajo académico…


Convenciones asociadas al texto académico

Y, por fin, ¿cuáles son las convenciones asociadas al género académico? Los textos que se inscriben en este género: (i) comparten características de estilo y (ii) se construyen a partir de las mismas secuencias textuales básicas.
El estilo esperable en un texto del género académico es el que facilita la consecución del objetivo básico de transmitir información de carácter científico-técnico en general.
Un texto académico no puede dar lugar a equívocos, debe ser preciso y huir de toda ambigüedad. Así, quedan alejados del estilo académico los dobles sentidos, la vaguedad y todos los elementos que permiten múltiples lecturas. En otros tipos de discurso (literatura, chistes, etc. ) la indefinición y la vaguedad pueden muy bien ser deseables, pero en el ámbito académico dificultaría la comprensión de los contenidos. Desde el punto de vista del léxico, por un lado, recuérdese cuando se trató acerca de la conveniencia de usar términos precisos; y, por otro lado, téngase en cuenta que cada disciplina científica cuenta con una terminología o lenguaje especializado, cuyo conocimiento y uso permitirá al escritor huir de la ambigüedad natural de la lengua estándar…
La claridad de un texto producto, tanto de la elección del léxico idóneo, como de una completa planificación. A diferencia de lo que ocurre en textos poco formales (cartas personales, mensajes electrónicos espontáneos de los amigos, etc.), mediante los cuales no se desea transmitir conocimientos complejos (sino manifestar sentimientos, o explicar una película, por ejemplo), que son textos que pueden improvisarse sin excesivos problemas, los textos académicos deben planificarse cuidadosamente: lo que intentan explicar es demasiado complejo y la situación comunicativa en que se inscriben demasiado comprometida como para confiar en un momento de inspiración.
Por último, la objetividad imprescindible en un escrito académico, este tipo de escrito proporciona información que no depende de los sentimientos y emociones del investigador, sino que deriva de los datos, de la realidad misma… o, por lo menos, ésta es la impresión que conviene transmitir. La ausencia de una implicación personal del escritor en los hechos que se presentan es, pues, imprescindible para convencer al lector del carácter incontrovertido de l o que expone…


EL TEXTO ACADÉMICO

En el siglo XIII, San Buenaventura enumeraba y categorizaba las actividades de escritura de la siguiente manera (referido por Castro, 1994):
Un hombre puede escribir los libros de otros, sin agregar ni cambiar nada, caso en el que se llama simplemente “escriba”. Otro hombre escribe obras ajenas con adiciones que no son suyas, siendo llamado “compilador”. Otro escribe obras tanto suyas como ajenas y juntando las suyas a título de explicación, se le llama “comentador”. Otro escribe tanto su obra como la de otros, pero da lugar principal a la suya, juntando las restantes con el propósito de confirmación; ese sería llamado “escritor”.
En el siglo XX, el escritor Augusto Monterroso (1987) reflexionaba sobre la actividad de escritor:
Uno es dos: el escritor (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno). A veces de los dos no se hace uno. Y es mejor todavía ser tres, si el tercero es el que tacha sin siquiera corregir. ¿y si además hay un cuarto que lee y al que los tres primeros han de convencer de que sí o de que no, o que debe convencerlos a ellos en igual sentido? No es esto lo que quería decir Walt Whitman con su “soy multitud” pero se parece bastante.
Los dos epígrafes citados tienen el objetivo de hacernos reflexionar sobre la actividad de escribir textos académicos: es una actividad de construcción del texto propio, a partir de textos ajenos (intertextualidad), que da lugar a un producto final fruto del desarrollo de distintas posiciones enunciativas: escriba, escritor, compilador, lector de textos ajenos y propios. Cada una de estas posiciones se deberían combinar con otra posición: al menos dos, mejor tres, e idealmente cuatro, como sugiere Monterroso.
Esta reflexión nos permite introducir en el tema de producir textos académicos como una actividad que concibe el producto y la producción conjuntamente, en una perspectiva interactiva que asume el diálogo entre escritor y lector. Se trata de un diálogo histórico por un lado, como resultado de la influencia del proceso de producción en el producto, es decir, de la incorporación en el texto de los rastros de las actividades del lector a lo largo del tiempo. Y se trata de un diálogo actual, resultado de las prácticas académicas que influyen sobre la conciencia del escritor y que lo inscriben en el contexto retórico definido por esas mismas prácticas. Ambos aspectos, el diálogo que el lector histórico ha tenido con el texto y las maneras en que se aliña el propio texto en relación con otros textos, dejan marcar en el producto.
Los actos de comunicación académica se realizan, fundamentalmente, a través de textos escritos. A partir de esta presentación definitoria, explicamos cuáles son los actos de comunicación académica, qué se entiende por textos y cómo se caracterizan los discursos escritos. Vamos a considerar que el texto es una construcción de construcciones que tiene textura y finitud, producto de un acto de comunicación cuya finalidad es convencer a la comunidad científica del estatuto factual de sus resultados y persuadir de la validez de sus argumentos a través de la modalidad escrita y publicada.

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